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Trivialidades y hombres

Cuando me encuentro en uno de los momentos de ahora siempre termino cayendo en brazos del mismo hombre, ¿por qué será? Me resulta verdaderamente reconfortante.

Y mientras escucho su cantilena de fondo pienso en trivialidades y a colación, me acuerdo de otro chico. El otro día él me dijo que le gustaba hablar de cosas profundas y yo le contesté:

-¿Pero siempre? A mi me resultaría agotador. Creo que soy defensora de las conversaciones ligeritas. (Qué interesante puedo llegar a ser).

No sé si le gustó la forma en que lo dije o como lo dije porque concluyó asintiendo con cara pensativa. Una de dos: o quería que no siguiera hablando y me daba la razón como a los locos o en realidad creía que no estaba tan mal eso de las trivialidades, porque todo depende…

Y mientras espero el ascensor, sigo encadenando trivialidades al pensar que me he desconchado una uña durante un poco más del tiempo permitido. Y también chicos, pues mi pensamiento me lleva a otro igual de alto y corpulento que el anterior. Aquí me resulta más fácil la asociación porque lo tengo al lado y quizá esta sea la única vez que podré dar una imagen decente de mí misma ante sus ojos.

Siempre he pensado que todos tenemos nuestro público en relación a cuestiones del corazón. Lo interesante es que nuestro público coincida con nuestros gustos, es decir, que nos sintamos atraídos por gente a la que atraemos.

Eso ya sí que es otro cantar…

Puedo decir que formo parte del público del chico de al lado, pero lo que no tengo claro es que yo sea su público, y desde luego, tampoco gano puntos para formar parte de ese selecto grupo. Siempre que coincidimos y nos saludamos no doy para más:

-Holaaa, ¿qué tal? ¿Me morderá si lo acaricio? (Me refiero a su perro).

Lo peor no es lo que digo, que es poca cosa, es como lo digo. ¿Qué murmullo indescifrable es ese que sale de mí? Y en estos momentos, ¿puede haber algo peor? Pues sí, lo hay. Intento no pensar y hacerme la mejor amiga de los perros para acercarme al suyo, cosa que me viene bastante larga pues ya sabéis, y para los que no lo sepan os lo cuento, mi trauma con los caninos desde que iba a infantil.

Perros rabiosos

Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando yo era una pequeña criatura inquieta, iba con mi madre por la calle. Ella se paró a hablar con otro adulto y yo, para matar el tiempo, me acerqué a un perro pequeñísimo que había cerca, y toda amorosa, le toqué la cabecita dulcemente al impertinente animal que ni corto ni perezoso se me enganchó a la pierna intentando arrancármela de cuajo. Menos mal que llevaba mis vaqueros puestos que si no me pega la rabia. Lo recuerdo como un día nefasto, donde mi madre fue mi salvadora. Si no es por ella el incontrolable sabueso me arrebata lo que puede y más. Mi buena fe y mi afán cariñoso resultaron heridos y despreciados, y desde entonces, los perros no me dan demasiada confianza por mucha cara de buen animal que tengan.

El caso es que ahora es un buen momento para deshacerme de ese pequeño trauma y ganar puntos ante él. Me tiro al barro y acerco mi mano a la carita de su canino pachón con toda la valentía del mundo. El resultado es un chiste porque la cara de susto que tengo no me la quita nadie. El dueño se ríe con poca gracia sabedor de lo que siento en mi fuero interno. Canto a lo lejos que no soy como la del anuncio de aquella peli …Y que le gusten los perros. Para colmo, cuando llegamos a la planta cero y se abre la puerta, una chica espera al chico de al lado y…

En su mano lleva una correa con un perro igualito al de su chico. Pienso que es una versión femenina del sabueso bonachón. No se puede soportar algo tan ideal.

Dicen que los perros se parecen a los amos, pero en este caso creo que es al contrario. Primero llega el perro tranquilón con nombre de héroe épico cinematográfico y luego el amo con una expresión igualita. Forman una pareja verdaderamente pachorra y tierna. No quiero mirar más al perro de su chica por las conclusiones a las que pueda llegar, así es que lo mejor que puedo hacer en estos momentos es esfumarme y dejarles a ellos todo el amor canino del mundo.

La canción del día

Bon Jovi. Without Love

Los protagonistas del día son los Al Capone. Tal parece que en estos momentos todo transcurre alrededor de ellos. Unos simples cigarrillos se convierten en el augurio de un gran momento de cine negro…

Estoy de viernes y la mañana transcurre desesperadamente lenta. No me ha quedado otra que echar mano a mis galletas de fibra y chocolate, aunque todavía no era el momento adecuado para comerlas, voy adelantando pasos para darle ritmo al día. La cuestión es que los minutos pasan tan despacio y tengo tantas ganas de levantar mi trasero del asiento, que veo el cielo abierto cuando por aquí me piden que vaya a darme un paseíto. Todos saben mi afición por salir de recaditos.

Comienzan los pedidos para ir al estanco. Cinco por aquí, cuatro de estos y unos Slim por allá, dos… Decido apuntarlo todo porque si recuerdo mis estadísticas a la hora de hacer las compras para mi madre salgo muy mal parada. Y en la familia olvidarse de algo, aunque sea importante, es perdonable,  pero aquí sería por encima de todo, quedar como una mema, porque para cinco mandaitos olvidarse dos… Así que yo siempre con mi libretilla a cuestas.  Qué lástima que mi decente memoria no me sirva en todos los casos.  ¿Qué le vamos a hacer?

Voy al estanco con mis particiones monetarias y demás y me asalta una chica vestida de gángster con sombrero incluido, como no podía ser de otra forma. Tiene que estar pasando un calor considerable  porque hoy hace un día resplandeciente, ya se nota la llegada de la primavera.  La chica me ve y enseguida se acerca, simpática, a informarme sobre la ‘promo’ que se trae entre manos: cigarrillos Al Capone, metidos en un paquetito minúsculo, ¡¡de color negro!! Que apenas ocupa lugar. Yo, que ante las novedades de cierto tipo me vuelvo loca, pues digo: “¿Son como los cigarrillos convencionales? “ Y la chica me explica: “Siii, además son suaves porque están envueltos en papel natural y son de baja combustión”. ¡Qué bien suena eso! “Pues venga, ponme un Al Capone“. Y ella claro, aprovechando mi entusiasmo me dice: “Si te llevas dos te hacemos un regalito”.  Yo, que estoy  que lo tiro todo, no me lo pienso y le digo que me ponga dos Al Capone, un nuevo aroma para mis caladas nocturnas. Inhalo humo light a partir  de ciertas horas y en poca cantidad, aunque hay alguna excepción para ambas cosas… Y todo por culpa de la legendaria Joan Collins de Dinastía. Nadie se ha fumado un More como Alexis Carrington,  ¡tan glamourosa y sexy con su cigarrillo! Esta noche no seré Alexis pero sí una chica Al Capone. Ya os contaré si son tan aromáticos como dicen…

Estoy aquí con todos los encargos y cuando le comento a mi compañera lo del nuevo producto… Tacháannnnnn, ¡pero si son puritos!  Porque ella los tiene en el frigorífico para su mejor conservación y así dosificárselos al portero de su edificio que está intentando dejar de fumar.  Seguro que nadie ha confundido de forma tan estúpida unos cigarrillos con unos puritos.  ¿Cómo no me di cuenta con lo de la combustión lenta y el envoltorio natural? Pero, vamos a ver, ¿qué entendéis cuando pregunto que si Al Capone son cigarrillos como los normales? ¿Tengo cara de fumar puritos en mis ratos libres? Estoy segura que ha sido una pequeña trampa gangsteriana. En fin, que tras el chasco voy a cambiar el segundo paquetito, cosa que me avergüenza, porque por ahora no tengo portero para dosificárselos.

Mientras se están fumando un Al Capone en la puerta de la oficina…

Está sonando la canción del día, mi compañera y yo salimos al balcón para comprobar algo y vemos que alguien está saltando por el balcón de una de las oficinas de al lado y está trepando por el toldo. ¿Y esto?  Algo sucede.  El chico da un salto, cruza el semáforo y se va cantando bajito. Salimos a la puerta, desde arriba vemos movimiento,  entran  en escena dos polis camuflados en vaqueros y camisetas de los 90’s y llaman a la puerta de una de las oficinas cercanas. Nos quedamos muertas. ¿Qué está pasando?  Nadie abre ni se manifiesta.  Pero si sumas dos más dos… La puerta de la oficina no se abre,  los camuflados bajan al restaurante y cuando vuelven a subir ya tienen lo que andan buscando.  Al parecer la cosa no es tan grave. La acción desaparece como ha aparecido, sin ruido pero con expectación. Para nuestra desgracia todo se vuelve a normalizar, aunque no dejo de pensar en los Al Capone,  lo mejor para fumadas con acción.  Y es que no podía ser de otra forma con ese nombre…

La Canción del día

Yeah Yeah Yeah. Maps

Caído del cielo

Hablar de algunas cosas en mi espacio rosa no pega nada por la falta de glamour de ciertas situaciones, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Hace una mañana soleada. Me levanto a la misma hora de todos los días pero hoy no voy  al trabajo como siempre. Me han encomendado una misión y estoy encantada. Tengo que hacer de recadera y llevar unos impresos a la Consejería de Vivienda.  Como mis padres cuando me depositaron en este mundo se olvidaron de colocarme el GPS, me voy con tiempo porque intuyo que no encontraré mi destino a la primera. No pretendo ofender a nadie pero soy un claro ejemplo de todos los que dicen que el sentido de la orientación no es una cuestión femenina, por lo que alimento cierta generalidad. Me desoriento en un cuadrado y aunque llego a los sitios, hay momentos en los que doy más rodeos de los recomendados hasta encontrar lo que ando buscando y en esta ocasión la historia se vuelve a repetir.

Cuando llego a la calle en la que está el edificio, como es de esperar no lo hallo. Entonces no me queda otra que tomar por bandera el infalible dicho: “Preguntando se llega a Roma”. Mi primera parada es uno de los lugares más destacados de la plaza en la que estoy, algo relacionado con transportes. Me encamino hacia la puerta y entro para hacer la gran pregunta. Allí me dan algunas instrucciones que deberían servirme para llegar al destino. Una vez que salgo y las llevo a cabo no hay nada de nada y sigo en las mismas. Empiezo de nuevo por el principio y como no hay nadie a la vista me dirijo a una ventana que veo abierta, miro hacia adentro y encuentro trajín de trabajo de oficina. Pego en ella disculpándome por la interrupción y la gente se altera porque no espera que alguien los interrumpa de esa forma. El tiempo apremia. Allí me dan otra dirección y voy en su búsqueda.

Cuando llego al sitio pienso que tampoco ha sido tan difícil encontrarlo, a la segunda. Entro, paso por el detector de metales, saco número como en la carnicería y espero mi turno. Después de un rato me toca y comienzo a sacar la carpeta con todos los papeles y a explicarle el asunto a la chica que me atiende. Ella ojea los impresos y pone cara extraña, mira el ordenador y después me dice que ese no es el lugar para entregarlos. Vamos, que no estoy en la Consejería de Vivienda. Le pregunto si está lejos y me dice que muy cerca, a la vuelta de la esquina. A ver si es verdad. Recojo mis papeles, los guardo en orden en su carpeta y me pongo en marcha. Cuando giro la calle  encuentro un edificio que responde a la descripción que me han dado, me acerco a la puerta y en una placa minúscula leo lo que busco. Por fin, aunque podían poner las letras más pequeñas todavía. Entro y vuelvo a sacar número. Esta vez voy a tener que esperar mucho más. La mañana se pasa y yo todavía voy por el principio. En la cola comienzo a mirar a mi alrededor. Hay actividad pero el ritmo de las cosas es sosegado. La mayoría de los funcionarios que atienden a la gente están de buen humor, excepto el de la cola que me toca, que por cierto tiene un color de piel poco saludable, como si llevara meses sin darle el sol, y además parece tan serio… En fin, pienso que no me importaría trabajar en un sitio como ese. Ya me queda menos, una persona. No veo el momento de soltar la carpeta, entregar los papeles, recoger las copias con mi sello e irme porque estoy tardando más de la cuenta.

Es mi turno, ¡qué felicidad! Saludo al funcionario hierático y pongo amablemente la carpeta en su mostrador. De pronto, allí está. ¡Oh Dios! ¿Cómo puede ser? ¡No me lo puedo creer! Se me ha cagado un pájaro en la carpeta y parte de los impresos. Y no es una cosa cualquiera, no. Es algo importante. La gente de la cola se alborota y yo me pongo roja mirando al funcionario y alrededor con cara de circunstancia. En milésimas de segundo se me pasan por la cabeza varias formas de hacer frente a este bochornoso incidente. Salir corriendo y dejar allí todo es una de ellas, esconderme debajo del mostrador y esperar a que la tormenta amaine, otra. De pronto recuerdo mi máxima: Naturalidad. Miro a mi hombre y le digo: “¿A quién no se le ha cagado un pájaro alguna vez? No se preocupe usted que esto se limpia en un momento. Voy a sacar unos Klinnex y asunto arreglado”. La verdad es que este hombre no se altera con nada. Tan solo ha abierto un poco los ojos y me ha mirado raro pero no ha dicho ni pío. Sigo hablando sin ton ni son para hacer un poco de tiempo, no sé exactamente qué le estoy contando, pero bueno, mientras pongo mi bolso en el mostrador y busco desesperada los pañuelos. Sigo con la retahíla: “¡Por Dios que nos los encuentro y siempre llevo!” Lo vuelco y allí están. Le doy con desesperación a los impresos y todo queda como casi nuevo. El hombre los coge por la otra punta, los separa, los sella y me los devuelve con calma. Todo se normaliza, incluida yo, aunque me despido con una sonrisa nerviosa.

Me toca hacer el último paso. Me acerco a una ventanilla, miro a la chica que me atiende y le doy el impreso para que me lo vuelva a sellar. Le cuento que esa mancha del papel se debe a la caca de pájaro que me ha caído no sé dónde ni cuándo. Me despido y pienso que quizá esa mancha me traiga suerte en un futuro no muy lejano. Voy a intentarlo. Me acerco a la primera administración de lotería que encuentro, ¿quién sabe? Todo esto bien puede ser una señal caída del cielo, nunca mejor dicho.

La canción del día

Loving you-Minnie Riperton

En mis zapatos

Mi relación con las farmacias y los farmacéuticos no se limita a una alarmante consulta para ver si tienen algo para las manchas de mi piel. No, va más allá. Mientras busco unos zapatos para ponerme han salido a relucir mis estupendos y matadores tacones de charol, los de color blanco y los de color rosa chicle. Cuando los veo no puedo evitar que se me pongan los pelos de punta. Y me encantan, pero en esta relación amor-odio, lo segundo es mucho más poderoso. Lo que he llegado a sufrir encima de ellos no tiene nombre. Un suplicio.

Blanco

Es en el bautizo del hijo de unos amigos cuando he comenzado a sufrir con los tacones blancos. Lo mejor de todo es que a partir de hoy, Elisa, la hija mayor de 5 años, comienza a llamarme Lady: “¿Mami, Lady va a venir hoy a casa?” Cosa que si he de ser sincera, además de hacerme mucha gracia, me encanta. ¿Qué quieres que te diga? Me he ganado el sobrenombre con sangre, sudor y lágrimas, nunca mejor dicho.

En este día hace un sol espléndido y por ese motivo se me ha ocurrido la nefasta idea de colocarme un vestido palabra de honor de globo con finas rayitas azules celestes y blancas,  para redondear, los tacones blancos de charol le van perfectos. Mi conjunto riviera francesa lo he rematado con un inútil bolso de mimbre que le va al look como anillo al dedo, según mi criterio. La cuestión es que me siento estupenda para ir al bautizo de David. Mi amigo y yo comenzamos a andar para coger el tren que nos lleva al destino, ya no estoy tan eufórica, pero pienso, es normal, no estoy acostumbrada a llevar tacones.

Estamos a punto de llegar a la iglesia, mis pies se sienten embutidos, pero bueno, es soportable. Al salir del edificio tras la ceremonia no puedo aguantar más. Necesito una farmacia con una urgencia insoportable y allí que voy en su búsqueda, sudando la gota gorda gracias al forro del vestido y con los pies hechos un Cristo. Llego a la farmacia y le explico mi problema al farmacéutico de guardia y le pido un paquetito de Compeed, la solución cicatrizante perfecta para rozaduras y ampollas, un método infalible para todos los casos de este tipo, como bien podría decirse en el anuncio. Y digo yo, no sería mala idea un invento parecido para las rozaduras del corazón… En fin, el farmacéutico, en vez de darme las tiritas rápida y velozmente, me mira y me dice: “A ver, enséñeme el pie”. Me quedo estupefacta, lo último que me apetece en este momento es quitarme el zapato, y menos enseñar mi pie magullado y destrozado a un desconocido. Si me lo quito y lo alzo voy a desmayarme del dolor y la vergüenza de tener unos pies tan ‘incapaces’, como afirmaría mi abuela. Pero me digo, menos mal que llevo las uñas pintadas,  además de rojo, un color que a mi entender me favorece por mi blancura. Tampoco es para tanto, saco el pie y se lo muestro. El chico me lo coge sin reparos, me mira sin decir palabra, pero en su cara leo: “Para presumir hay que sufrir, y mucho”. Y me da las tiritas. Salgo de allí flechada, buscando un escalón confortable para ponerme los apósitos lo antes posible y dejar que cicatrice mi dolor.

Rosa

Es la boda de un gran amigo. Mis tacones rosa son mis favoritos aunque no he podido tener un peor estreno con ellos. Voy sola a la gran cita, totalmente. No conozco a nadie, excepto a los novios. Hace un día espléndido de calor llevadero. Decido ponerme un vestido verde esmeralda que parece de satén, pero no lo es, y mis taconcitos rosa chicle le quedan estupendamente. El conjunto es bastante llamativo, cosa que al final pasa factura para bien o para mal. La cuestión es que el camino hacia la iglesia se tuerce desde el principio. A los cinco pasos la cosa promete y ya voy descompuesta. Pero claro, como el vestido es la gran opción, los zapatos se convierten en la única alternativa.  Hay que aguantar el tirón en silencio. Tras la ceremonia paso por la farmacia en busca de tiritas y me voy directa al banquete con los pies llenos de parches. Al llegar veo el cielo abierto, me siento para no moverme nunca más de allí. Como no conozco a nadie, no me importa quitarme los tacones y estar toda la fiesta bailando descalza, como Remedios Amaya cantando ¿Quién maneja mi barca? Sin contemplaciones.

Hasta este punto va todo bien. Al final no resulto la única descalza y otros invitados se solidarizan conmigo y formamos el grupo de los sin zapatos.

Pero lo peor de todo está por llegar. La vuelta va a ser dolorosa y es aquí donde comienza mi calvario particular. Tengo los pies tan ensangrentados por todos lados y los dedos tan aplastados que tomo una decisión drástica. Me los envuelvo con las mejores servilletas de celulosa que encuentro en el banquete y comienzo el regreso a casa sin importarme nada lo demás… Hasta que paso por la calle más concurrida y emblemática de la ciudad. Las terrazas están llenas de gente que aprovechan los últimos rayos de sol y en una de estas miro para una cafetería y veo a un grupo de chicas de lo más chic. Una de ellas me mira los pies y en seguida comienza a darle toquecitos en el codo a la de al lado para que me mire y así hasta que todas se percatan de mi modelito. Se quedan muertas al verme los dos pies envueltos en servilletas blancas. Esto me hace gracia, voy dando el cante de una forma que no se puede explicar. Pero o es esto, o no puedo andar. Al final las miro descaradamente y me río pensando: Reíd, aunque si estuvieseis en mis zapatos no os haría ni pizca de gracia.

Estoy pasando lo más grande para llegar a mi casa. Aunque destartalada del dolor, no me queda otra que seguir mi camino con dos pensamientos como compañía. Por un lado, unas ganas locas de meter los pies en agua y enjuagarlos con jabón. Totalmente reparador. Y por otro me planteo una cuestión: ¿Quién es la modelo de pies para los fabricantes de la gente corriente, la Barbie CineStar? Mis pies son como la mayoría de los pies de las chicas de mi edad que pueblan este mundo.

La canción del día

Garbage. Run Baby Run

La amiga de la peluquera

Supongamos que hoy es hace dos días. Hoy es viernes, el día de la semana que más ilusión me hace…

Salgo de la oficina, tarareando y dando saltitos, lo he dicho, es viernes. Aunque hace un día maravilloso, llevo puesto un gorrito y una bufanda para darle un toque coqueto a mi atuendo, pero si soy del todo sincera, el gorro me lo pongo por obligación. Tengo unos pelos imposibles y cuanto menos se vean mejor. Menos mal que en breve eso se habrá acabado. Hoy tengo cita en la peluquería.

Sigo sonriente. Después de bajar las escaleras me paro en la acera y miro atenta al tráfico. Me da pereza ir hasta el semáforo y como la cosa está tranquila, tardaré menos si cruzo dando una carrera cuando tenga una oportunidad. Estoy en esas cuando los coches están parados hasta que el semáforo da luz verde y comienzan a rodar. Ahora llega mi momento. Veo que hay un hueco y miro el último vehículo de la fila para esperar que pase y continuar mi camino. Qué raro. Se ha parado. El coche está sólo en medio de la carretera. Miro al conductor y mi cara delata que me parece monísimo. Es un chico atractivo con una media sonrisa seductora de esas del tipo George Clooney que lo hace irresistible. Hasta diría que parece simpático.

Ese chico se ha parado allí en medio, lo he visto, y me ha mirado. De pronto me observo a mí misma y me veo cruzando la carretera a cámara lenta, el sol me deslumbra con su fulgor y solo estamos ese chico y yo. Ambos nos miramos y sonreímos…

Algo pasa.

De repente, la cámara lenta se desvanece y las nubes cubren el sol. Por instinto y tradición, mis manos buscan, frenéticas, la parte de atrás del abrigo y del vestido. Pienso…

¡Mierda! Otra vez voy enseñando el culo por la calle.

Unas horas más tarde voy en el bus que me lleva a la peluquería. Aprovecho para escribir esta historieta. A mi lado se sienta un adolescente. Yo sigo con lo mío pero no me concentro como antes. Empiezo a tener más calor que nunca. Como el trayecto no es demasiado largo, no me he quitado ni el abrigo ni la bufanda ni el gorro. Como siga subiendo la temperatura voy a marearme. Miro de reojo al chico y veo que está leyendo lo que escribo, o más bien haciendo el intento, porque estos garabatos no hay quien los entienda.

Me mira con cara rara y yo lo miro y me río como diciendo: ¿Qué pasa? Sigo a mi aire hasta que se me resbala el cuadernillo y el adolescente me sorprende cuando se agacha y me lo recoge amablemente. Lo vuelvo a mirar para darle las gracias, me recoloco en el asiento y miro por la ventanilla.

¡Mierda! Se me ha pasado la parada.

Me apeo en la siguiente y deshago el camino que no tendría que haber hecho jamás.

Una vez que llego a la peluquería, por fin puedo quitarme todo lo que llevo encima. ¡Qué alivio! Después de poco rato comienza la sesión. Me lavan la cabeza y me la dejan chorreando con la mascarilla puesta. Pasa un buen rato, estoy pasando un frío de perros con la causa. Solo pienso en el momento en el que el agua caliente resbale por mi cabeza. Voy a caer mala con tanto contraste.

Ya estoy sentada. Mi peluquera está cortando con la navaja. A mi lado se sienta una amiga de mi peluquera y las dos empiezan a charlar. Hablan de otra amiga común que está como un cencerro. Intento no seguir la conversación ni estar pendiente de las anécdotas que cuentan, pero muero en el intento. Esto es ya demasiado y acabo llorando de la risa.

La amiga de la peluquera

Resulta que esa amiga también es peluquera. Una tarde estaba poniendo un tinte a una embarazada y lavando la cabeza a otra clienta cuando de repente le dio un vahído y tuvo que dejarlo todo y tumbarse en la camilla de la cera, porque según ella, si no lo hacía iba a terminar cayendo redonda al suelo. La pobre de la embarazada con el tinte puesto y la otra con la cabeza llena de espuma no sabían qué hacer. Pasó un buen rato y la peluquera seguía tumbada en la camilla haciendo aspavientos y diciendo lo mala que estaba, que no encontraba mejoría. Eso en vez de una peluquería parecía la consulta del psiquiatra. La embarazada estaba que le daba algo, solo podía pensar una cosa: “Ay, por Dios, que salgo de aquí con los pelos ‘achicharraos’”. Más tarde comentaba a sus amigas que ese fue uno de los peores ratos que había pasado.

En mi caso, me fui de allí, como siempre, encantada con mi peluquera que, por cierto, es monísima.

La canción de los viernes

The Cure- Friday I’m in love

Los sueños, sueños son

La historia que viene a continuación nada tiene que ver con la que tenía prevista en principio, pero debido a mi último sueño me he visto casi en la obligación de adelantarla.

Desde que el cuerpazo de Cristiano Ronaldo campea a sus anchas por el césped del Santiago Bernabeu, son varios los sueños que he tenido con el portugués.

Cristiano y su espléndida sonrisa, blanca, perfecta, mirándome fijamente…

Cristiano en una piscina de aguas impolutas, bronceado con un color envidiable, ese que alcanzan los nórdicos cuando toman el sol sin achicharrarse. Con ese cuerpazo descomunal, enseñando músculos que el resto de los mortales no tiene.

Pero lo de anoche fue ‘El sueño’. Absolutamente.

Cristiano en su mansión, rodeado de su familia y amigos más cercanos hablando portugués. Y esto no es todo. Cristiano enseñándome su magnífica colección de cochazos: el del caballo, el Aston Martin, el Maserati… Y hay más. Cristiano insistiendo en que condujera su automóvil más preciado: el Lamborghini. ¡La bomba!

¿Por qué se cuela Cristiano en mis sueños con esa facilidad? Es cierto que soy madridista, que veo los partidos y todo eso, pero si me dieran a elegir entre un jugador del Real Madrid para quedármelo para mí para siempre, no elegiría a Cristiano Ronaldo. El elegido sería Xabi Alonso. Sin dudarlo. Me quedo con el pelirrojo, el chico del norte con una excelente visión de juego y pases magníficos. Alonso controla en las distancias largas y en las cortas. Entonces, ¿por qué Cristiano en mis sueños?

Y no solo eso, hay más. Esto es como el bolero de Ravel, y sube, sube, sube hasta llegar a la cumbre. He dejado lo mejor del sueño para el final. La fantasía de las amantes del trono de Sálvame Deluxe: Cristiano enamorado de mí. Loco por mí. Una chica de a pie. Yo por encima del emporio hotelero de Paris Hilton. Por encima de la perfección y la belleza insultante de sus antiguas novias…

De pronto suena el despertador. Abro los ojos con una sonrisa, motivada. Será que es viernes. Pero recuerdo mi sueño y me pregunto:

¿Qué me pasa con Cristiano, doctor?

La canción del día

Dulce Pontes. Cançao do Mar

El otro día me estaba haciendo la cera en el bigote con tantas ganas que al final no sé qué fue peor si el remedio o la enfermedad. Tras varios intentos en el mismo lugar, me di un tirón con tanta fuerza que el resultado fue una chapuza, casi me arranco medio labio. Al principio no le dí mucha importancia, la zona se puso roja y me escocía un poco, pero unos minutos después comenzó a inflamarse. La cuestión es que al día siguiente seguía con esas nimias molestias y un color algo más oscuro, no pintaba nada bien. Comencé a hidratarme más el labio y recurrí al aloe vera, que puede ser de gran ayuda, sólo hay que probar. Sin embargo, viendo que el asunto seguía algo feo decidí pasarme por la farmacia y preguntar al farmacéutico de turno por algún remedio tardío.

Cuando llegué me atendió una chica encantadora con muy buen talante. Aquí comprobé que si muchos son como yo, es cierto lo que dicen algunas estadísticas y algunos telediarios, los farmacéuticos con más frecuencia sustituyen a los médicos en casos menores. A mi me caen mejor y con ellos no me ataca el síndrome de la bata blanca aunque también la lleven. Para ponerla en antecedentes le conté paso por paso cómo realicé el proceso de depilación casera y le pregunté si había alguna crema para quemaduras o algo que pudiese curarme el labio. Al final me miró el asunto y me comentó que lo mejor era que siguiera con lo que estaba haciendo, “a buenas horas mangas verdes”, imaginé que diría, y tenía más razón que un santo, no lo cuestiono.

De todas formas quise asegurarme y le hice la pregunta del millón: ¿Se me quedará una mancha en el labio? Mire usted, que como sea así mi cara pronto parecerá un mapamundi, mire: en la frente Asia, en el ojo Oceanía y ahora… Miéntame y dígame que no, que lo del labio no se parecerá al Triángulo de las Bermudas. Claro, después de haberle soltado el rollo y expresarle mi preocupación, cualquiera me decía que sí, que puede que se me quede una mancha del color de una uva negra. En fin, que ella, después de dudar un poquito, me dijo con toda la amabilidad y esa sonrisa tan eficaz: “No te preocupes, siempre y cuando no te de el sol, la mancha irá desapareciendo, pero si este fin de semana te vas a tomar una cerveza y a disfrutar del buen tiempo en una terraza, ponte a salvo y mantén la zona protegida con crema protectora”.

Ya se sabe lo que pasa con la piel nueva, o con la antigua, que el sol está resabiado.

En fin, finalmente salí de allí sin crema y con mi mancha, pero con una sonrisa en la cara, encantada de conocer a la farmacéutica y pensando que bueno, que si se me queda la marca no es para tanto. La euforia del momento. Más tarde pensé que de manchas nada. Mejor que desaparezca y cuanto antes mejor.

A lo que iba, todo esto viene porque mi amiga la farmacéutica (las manchas unen) me hizo pensar una vez más en el poder de las sonrisas y en lo que podemos conseguir con ellas…

 

La canción del día.

Louis Armstrong. When you’re smiling

Gracias a mis amigos

¿Os he dicho alguna vez que os quiero? Pues eso, os quiero. Hay cosas que no está de más decir o recordar y sin duda, esta es una de ellas.

He tenido la suerte de disfrutar con vosotros un cumpleaños fantástico, y ahora queda comenzar a usar y utilizar los fantásticos regalitos que me habéis hecho. Todos. Y este es uno de esos grandes detalles que recordaré siempre, aunque también tengo que decir que espero no convertirme en una rompedora de expectativas.  La primera entrada ha sido tan emotiva que me da un no sé qué no saber sacar partido a este espacio. En fin, haré lo que buenamente pueda. Lo que sí tengo claro es una cosa, espero que nos divirtamos y nos riamos, que al igual que decir os quiero, nunca está de más.

Otra cosa, Dioni, me ha encantado todo, el título, el color, las muñequitas rusas, y sobre todo el motivo de su presencia en mi blog. Siento haberlas confudido con bolos. Cuando las ví me pregunté: ¿Por qué Dioni me ha caracterizado como un bolo? ¿Qué significa eso? No lo entiendo, pero mejor ni lo pienso…

Así pues, se abre la veda. Abróchense los cinturones por si las moscas, no sé hasta qué punto puede haber turbulencias.

Gracias

La canción del día. Para todos mis amigos

The Rembrandts. I’ll be there for you



Somos bastantes los amigos y amigas de Mónica que cuando estamos con ella sentimos que no estamos compartiendo nuestra amistad y nuestro tiempo con una persona común. Todas y todos hemos escuchado casi a diario las cosas que le pasan o simplemente hemos compartido con ella su particular forma de enfrentarse al mundo. No le pasa lo mejor ni lo peor; no es la persona que tiene el posicionamiento más acertado en el mundo, y por supuesto, tampoco el menos acertado. Pero si algo tiene su forma de ser y de estar es que es poco común… es peculiar… es única. Por ello, somos bastantes los que llevamos cierto tiempo insistiendo en que Miss Mónica debe escribir, para que su particular estilo conste y surta sus efectos.

Pero Miss Mónica es un ser que necesita un empujoncito para que haga lo que tanto deseamos y que, por fin, nos deleite en un blog  con sus historias reales o ficticias, sus pensamientos personales o ajenos, y, sobretodo, con esas cosas que le pasan y con las que tanto nos sorprende y nos divierte que tenemos bautizadas como Monicadas.

Hoy 15 de Enero de 2011, día de la celebración de tu cumpleaños, tus amigos y amigas te hacen entrega de este blog que esperamos que actualices a menudo porque estaremos ansiosos de visitarlo y leerlo a diario, casi tanto como orgullosos estamos de tenerte como amiga. ¡¡¡Bienvenida a la blogosfera!!! Tienes tantas cosas que contar… ¡¡¡Felicidades!!!

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